31 enero 2006

Alucinación

Todo empezó la noche del 10 al 11 de Febrero de 1854. Se lo he contado a Ana que me ha preguntado si aquéllo pasó de verdad. Pasó. Esa madrugada. En la cabeza desquiciada de Robert Schumann comenzó a sonar una nota, sola, lejana. Un do. Pronto alguien desde dentro del cerebro subió el volumen de esa nota que no se extinguía nunca y aquel sonido de cristal afilado empezó a clavarse como un aguijón ardiente en las sienes produciendo un dolor insoportable. La nota estuvo sonando durante días. Había momentos, escasos, en que la nota enmudecía súbitamente para volver redoblada con un fa sostenido que martilleaba atrozmente los oídos. Otras veces el sonido dejaba de producir sufrimiento y daba paso a lo que el enfermo describió en su diario como "una música celestial, que proviene de instrumentos dotados de maravillosas resonancias jamás escuchadas en la Tierra". Luego un latigazo sonoro, como una descarga eléctrica, golpeaba los ojos en una migraña insoportable. Para entonces, Schumann seguramente ya no distinguía el sufrimiento del gozo por lo que podemos leer del regreso del sonido, "igualmente maravilloso. Extraordinario sufrimiento el de esta música (admirable música)".

Superada la crisis, la noche del 17 Schumann se despierta muy nervioso y presa del pánico y Clara se apresura a calmarlo con palabras dulces y caricias tranquilizadoras. Pero Schumann necesita levantarse para coger papel pautado, tiene que levantarse. Acostumbrada a sus crisis, Clara intenta hacerle entrar en razón: no es hora de escribir música, ahora toca descansar, mañana trabajaremos juntos. Pero Schumann quiere su cuaderno de música a toda costa: los espíritus de Félix Mendelssohn y Franz Schubert se le han aparecido para dictarle una pieza. Hay que anotarla. Y anotada quedó.

La pieza existe. Se la he enseñado a Ana hoy. Es una miniatura para piano, escrita en la tonalidad de Mi bemol Mayor. Ha dicho Ana al escucharla que lo que más le impresiona es que es una pieza de una dulzura extraordinaria para estar escrita en el trance de una crisis nerviosa. Tiene razón. A mí, sin embargo, lo que más me llama la atención es que no suena a Schumann. Suena a Mendelssohn. Y a Schubert. Y si fuera verdad. Y si en la locura la visión se expande más allá de este aquí donde sólo vemos mesa, silla, ventana y coche. Ana no ha dicho nada y luego le han llamado al móvil y ha respondido que muy bien, a las ocho y media. A mí se me ha quedado dentro un rato la melodía. La de Schumann... o de quien sea.


3 Comments:

Blogger Magda said...

Mariano, no se si sea locura esa visión que a veces se expande más allá de este aquí, creo que, quizá, son delirios que brotan y que brotan porque forman ya parte de nosotros mismos, los llevamos guardados.

Un escritor al que quise y quiero profundamente, del que no tiene caso decir su nombre ahora, días antes de morir hablaba con sus escritores más admirados como si estuvieran ahí, frente a él.

Un beso, Mariano, un lindo texto.

6:12 p. m.  
Blogger emejota said...

Tal vez así sea, Magda. La verdad es que Schumann arrastraba una terrible esquizofrenia pero es cierto que hay sensibilidades con un grado de percepción especial que se puede agudizar en circunstancias difíciles. Y a veces ocurre también que la propia "locura" produce efectos muy lúcidos: en su día hablamos sobre nuestro admirado Leopoldo María Panero, ¿recuerdas?

Un beso, Magda, y gracias.

1:21 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

Sí, es verdad, Mariano, Panero... Vaya un beso para él, y otro para ti.

Magda

1:57 a. m.  

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