23 enero 2006

Felicidades

Hoy hemos celebrado el cumpleaños de mi abuela. Su cumpleaños toca siempre una semana después del mío: que yo cumplo en jueves, pues ella el jueves siguiente; que yo en domingo, pues ella también. Es muy curioso. La tarta no tenía velas porque hace tiempo que no caben: son más de noventa. Hoy hemos comido juntos y a los postres mi sobrina se ha puesto a cantarle el "cumpleaños feliz" y el "feliz, feliz en tu día" subida a una silla y no me ha pasado desapercibido que entre la cantante y la homenajeada había más de 90 años de diferencia. Cuando la vocecita de mi sobrina ha pasado por el "y que cumplas muchos más" nos hemos mirado todos de reojo y nos hemos puesto rápidamente a aplaudir para disimular, que a cierta edad hay evidencias un poco incómodas.

A mi abuela la vemos debilitarse poco a poco y estoy seguro que todos hemos pensado en la posibilidad de que estuviéramos celebrando su último cumpleaños. De todas formas, yo firmaba por llegar a esa edad con sus facultades, a pesar de los achaques: ayer por la mañana se fue a la peluquería a teñirse las canas y luego se pasó la tarde haciendo varias docenas de rosquillas que ha traido hoy en una bolsa de considerables dimensiones para repartirlas entre todos. De un tiempo a esta parte se queja del estómago y cuando come se fatiga, pero ha contestado todas las llamadas telefónicas haciendo gala de un humor admirable: ¿cuántos caen?, le han preguntado una y otra vez, y ella ha contestado cosas como "pocos, todavía no me han salido los dientes". Y es verdad, no tiene dientes propios (aunque lleva dentadura postiza).

Hoy me he sentado a comer al lado de mi abuela: me ha preguntado varias veces si estaba bien, si hoy me dolía algo, si estaba comiendo a gusto, y si la carne estaba bien caliente. Mi abuela sigue llamando todas las mañanas a preguntar por mí. Si estoy bien, ella está bien; si estoy regular, ella está mal; si estoy mal, le cuelan una mentirijilla piadosa y no se entera. A mis 36 años, mi abuela me sigue dando la paga de los domingos: 6 euros. Como lo oyes. A ella le hace ilusión y a mí me hace gracia sobre todo cuando dice "para que te compres lo que quieras", como si me hubiera tocado la lotería. También me dice que si paso frío por las noches y otras cosas que me despiertan un sentimiento de ternura infinita, porque sé que es la manera que tiene mi abuela sin que se note de exteriorizar su preocupación, su apoyo y, al mismo tiempo, su impotencia por lo que suele denominar "lo del chico", es decir, mi mal, que es mal suyo también y mira que lo siento. Para mi abuela yo soy un chico bueno, responsable, educado y todas esas cosas que a mí me hacen sacar, ocasionalmente y por un irrefrenable mecanismo de compensación, la parte de oveja negra que llevo dentro. Ella ha terminado por acostumbrarse y ya no se lleva un susto cuando me dice que me abrigue bien si voy a salir a la calle que hace mucho frío y yo le digo que vale pero a condición de que los desherede a todos (yo incluído, claro) y ahí se las entiendan. Ella dice, anda, anda, qué cosas tienes y date la luz de la escalera que ya está oscuro.

Hoy le hemos cantado el "cumpleaños feliz" y "el feliz, feliz en tu día" y por la tarde me he fijado que, por una vez, no ha buscado en el periódico la página de las esquelas.


10 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Un broche de jazmines para su solapa.



Siempre recuerdo el olor aquel de "Maderas de Oriente"

9:04 p. m.  
Blogger emejota said...

Tal cual se lo diré.

(Gracias)

2:31 a. m.  
Anonymous Patricia said...

Mi abuela nos dejó en septiembre. Justo el día de mi número preferido. Que ya no lo es. El 16. Vivía con mi madre y conmigo. Tenía 100 años y llevábamos unos 10 pensando el día de su cumpleaños que podría ser el último. Pero luego no lo era. Y volvías a pensarlo al año siguiente. También me decía que me abrigara y que si luego me molestaba algo de ropa que no me la atara a la cintura, que la iba a perder. Que soy muy despistada. Mejor que la llevara en la mano. También decía que diera la luz de la escalera, ella siempre me acompañaba a la puerta para despedirse y asegurarse de que la encendía y no me caía. Que tuviera cuidado en esa cena del sábado, que no me separara del grupo y no perdiera de vista el vaso, no fuera a ser que me echaran algo. Mis amigas le gustaban, todas. Pero que se veían muchas cosas en la tele, a ver si me iban a quitar el novio. Que es muy guapo, pero que tendría que cortarse el pelo.

Era la abuela más moderna. Le gustaba hacer zapping. Aunque ella lo llamaba cambiar de canal y le costaba unos 45 segundos pasar de uno a otro porque los números del mando eran demasiado pequeños. Le gustaba mi móvil porque hacía fotos y porque cuando hablaba conmigo se oía como si estuviera en la habitación contigua. Me preguntaba por el novio de César. Sí, sí, novio. Que qué tal estaban ahora que vivían juntos. Que mi amiga Mayra esperara a tener hijos que sólo hace un año que se casaron y tienen que disfrutar primero ellos. Mi abuela era más moderna que mucha gente joven que conozco.

Lo que le desconcertaba un poco era mi trabajo. No lo entendía bien pero le gustaba porque podía trabajar desde casa y ella podía sentarse conmigo. Le expliqué de muchas formas diferentes en qué consistía. Que diseñaba páginas y bla, bla, bla... A ella le gustaban los colores que utilizaba. Se lo volvía a explicar otro día porque veía que no le había quedado demasiado claro. Y se ve que de tanto explicarle se armó un lío y una vez, sentadas en un banco del paseo pamplona, nos juntamos con una amiga suya. Más joven. De 92 años. Y le dijo que yo había diseñado internet. Yo no lo desmentí porque me dio la risa y porque tendría que volver a explicar mi trabajo y sobretodo porque no quería desilusionarlas. Es como si mi abuela hubiera dicho que había salvado a 50 embarazadas de una muerte segura y yo hubiera dicho que no, que yo no había sido. María, que así se llamaba su amiga dijo que tenía la nieta más lista y guapa de todas. Ella no tenía ninguna nieta, sino hubiera sido la segunda nieta más guapa y lista de todas. ¿Qué pensaría María que era internet?. Ahora estarán juntas de nuevo. Seguro.

Se fue justo como yo quería. Sin darse cuenta y estando conmigo. La echo mucho de menos.

Menos mal que esto no es como escribir en papel, de lo contrario se verían un par de lágrimas y tinta corrida. Pero de alegría. De alegría por haberla tenido conmigo 28 años. Y por haberme enseñado tanto. Tanto como lo que da un siglo de vida.

Felicidades a tu yaya y que cumpla muchos más.

Un abrazo

11:40 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

Que adorable Patricia, que adorable...

6:25 p. m.  
Blogger emejota said...

Hola Patricia:

Me ha dicho la pantallita de mi teléfono móvil que si te escribo por la noche mañana te costará menos levantarte de la cama, que eres muy perezosa. Yo soy perezoso para dormir porque tengo insomnio, así que saber que me vas a leer mientras duermo de mañana seguro que me ayuda a conciliar mejor el sueño. Ahora por la ventana no se ve nada por la niebla. Me ha asomado y casi daba miedo. Igual hay palabras que no se ven bien por la mañana pero a la tarde se verá mejor.

A las abuelas les gusta acompañarnos hasta la puerta para dar la luz si se apaga. Si lo piensas es un acto simbólico: están ahí para darnos luz si nos caemos. Cuando se van siguen dándonos la luz, pero eso seguro que ya lo has intuido.

Me pregunto si tu abuela vio alguna vez el baile de azules y naranjas, de cursivas y negritas. Y la tipografía Rotis. Luego estaba lo de la "c", que no era en mayúscula sino en minúscula pero más grande. En mayúscula no. En minúscula. Un poco más grande. De eso seguro que te acuerdas. ¿Sabía María la paciencia que tuviste? Si me hubiera encontrado a tu abuela sentada en un banco yo iría con un bote de nocilla en la bolsa de la compra (seguro) y le habría dicho que a mí lo de diseñar Internet me lo dijo una vez el osito. Y de ahí vino todo y lo del ojo de Mozart. La nariz no se le veía, creo. El ojo sí.

Te leo sentada todavía en el tranvía y me sonrío porque tu aguda capacidad de observación te ha hecho pillar el tono de las frases, y lo importantes que son los puntos seguidos (muy seguidos) y las frases cortas de repente y las repeticiones. Y me da que has encontrado un tono que te viene como anillo al dedo para decir de tí. Yo creo que sí. María dice que también. Lucas ya no se acuerda.

Yo sí me acuerdo que a las abuelas les gusta que los chicos se corten el pelo. Si no se lo cortan son menos guapos pero feos no. Menos guapos sí. Y por la tele suelen ver el tiempo que va a hacer.

Te dejo una luz encendida. Si se apaga me dices. Y no te dejes el móvil que eres un poco despistada. Yo me quedo por aquí un rato a ver y luego ya me voy que no queda nadie.

Un abrazo.

3:02 a. m.  
Blogger Magda said...

Mariano, por favor dale de mi parte a tu abuelita un gran abrazo y un gran ramo de flores.

6:37 a. m.  
Anonymous Patricia said...

Muchísimas gracias Mariano y muchísimas gracias también usuario anónimo.

Tienes razón con lo de darnos luz. Ellas son así. Incluso van más allá. Mi abuela encendía la luz de la escalera para que no me cayera. Mientras le daba al interruptor, me decía que se iba a asomar por el balcón. No se porqué le gustaba que le saludara desde la calle. Tal vez porque de ese modo se cercioraba de que no me había caído. O tal vez en el invierno se aseguraba de que la bufanda seguía atada al cuello con las ocho vueltas que ella me había recomendado dieciseis veces. Dieciseis no, diecisite. O tal vez en el verano para fijarse que la chaquetilla la llevaba en la mano y no atada en la cintura. Aunque a ella lo que le hubiera gustado es que la llevara puesta. O simplemente que había llegado bien a la calle. A mi me daba un poco de vergüenza. Pero es que a mi me dan vergüenza muchas cosas. Y casi siempre las cosas más tontas. Si pasaba gente le saludaba tímidamente. Si no pasaba gente le mandaba besos. A ella le gustaba que no pasara gente.

Un abrazo y feliz miércoles

10:10 a. m.  
Blogger emejota said...

Le llevaré el abrazo y el ramo de flores de tu parte, Magda. No lo dudes.

Un abrazo

12:05 p. m.  
Blogger emejota said...

Hola Patricia:

a mí me daba vergüenza lo del balcón cuando era pequeño. Ahora menos o nada, quizá porque un día me pasó algo espantoso: como yo no oía a mi abuela llamarme (mucho ruido, los chavales, los coches) a ella no se le ocurrió otra cosa que sacar una campanilla que tenía de vete tú a saber cuándo y ponerse a tocar. Todos miraban arriba (los chavales, la gente, los guardias municipales, la gente que iba en los coches y sacaba la cabeza por las ventanillas) pero yo miraba abajo como si se me hubiera perdido algo de repente ;).

Hoy tienes dos reuniones, creo. A mí eso me parece una cosa muy difícil. Si yo tuviera dos reuniones me reservaría un momento para pensar esta frase "En el tren olía a bolígrafo" y seguro que todo iba más fácil. Creo.

Un abrazo

12:12 p. m.  
Anonymous Patricia said...

Mariano:

Dos reuniones pero entre una y otra un ratito para descubrir cómo es el olor de un bolígrafo en un tren. Por mi impaciencia lo voy a averiguar en edición bolsillo. A la segunda reunión fui más contenta :)

Un abrazo

10:05 a. m.  

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