21 febrero 2006

Paseo

Robert WalserPasear es un arte. Lo comprendí, fascinado, gracias a Robert Walser, el escritor suizo que murió en el transcurso de un paseo el día de Navidad de 1956 en los alrededores del manicomio de Herisau donde pasó sus últimos días escribiendo misteriosos microgramas a lápiz en trocitos de papel. Walser escribió "El paseo", un librito donde describe, pormenorizadamente, todo lo acontecido en un paseo rutinario pero que, a través de sus ojos y sus sentidos todos se nos revela extraordinario. Paseamos sin saber pasear. La enseñanza de Walser es que nos equivocamos al sacar a pasear con nosotros todo lo que llevamos dentro y que deberíamos dejar en casa esperándonos. Para que el paseo se convierta en una experiencia plena es necesario despojarnos de todo para que estemos dispuestos a fijar nuestra atención en los detalles más insignificantes: ese papel que revolotea empujado por el viento dando vueltas sobre el césped conteniendo las primeras letras de un escolar, los sonidos lejanos, los olores, el matiz de la luz, la cadencia rítmica de los propios pasos y las expresiones de los desconocidos con quienes intercambiamos, fugazmente, la mirada.

Conseguir vaciarnos de nosotros mismos para reencontrarnos en la vivencia consciente de un presente continuo no es tarea fácil pero sus efectos obran prodigios. Por eso pasear es un arte. Yo llevaba dos años paseando diariamente por prescripción facultativa cuando acompañé a Walser por el camino de las páginas de su librito en cuya portada figura la foto de sus pequeñas piernas con el acompañamiento de su sombra proyectada en el suelo, imagen perfecta de alguien que puso su empeño en pasar desapercibido toda su vida. Aprendí entonces que llevaba dos años devorando kilómetros sin hacer la digestión. Desde entonces he logrado algún progreso. Cada atardecer, dirijo mis pasos por una tranquila urbanización que está separada de la ciudad por las vías del tren, ocultas por una franja interminable de pinos hasta que el camino tuerce inevitablemente a la derecha para no internarse campo a través y sube el puente que las atraviesa.

A esa hora de azules pálidos que modulan suavemente hacia el negro atravieso verjas forjadas de hierro viejo tras las cuales hay jardines umbríos de donde sale un frescor verde y oscuro mezclado con el olor dulzón de alguna planta escondida. Más allá se escucha el delicioso sonido metálico del agua que el surtidor de una fuente deja caer como un cosquilleo lento sobre un recipiente de alabastro. Nada importaría si todo o parte fuera imaginario. El aire agita a veces las hojas de los árboles y arriba el cielo se cubre de vencejos, que a veces son bencejos, lo mismo da de tantos que son: habrá de todo.

Luego entras en el silencio que te permite oir el ruido de tus pasos en la gravilla crujiente y te hace sentirte a tí mismo, recordándote paseando sin carga, y entonces un nuevo jardín, igualmente umbrío y pequeño, donde se produce, al caer la tarde, lo que me parece uno de los misterios más fascinantes: el canto furioso de los pájaros con eco. ¿Cómo se produce esa reverberación? Al fondo, en el punto donde la ciudad deja de serlo y no dice nada si la abandonas, vete si quieres, puedes ver flotando a media altura el trazo sinuoso de una nieblina blanca que delata el curso sereno del río. Y es entonces cuando giras a la derecha y comienzas a ascender el puente que te permitirá detenerte en la vertical de las vías, delicioso espectáculo a la derecha y a la izquierda.

El otro día ascendía por allí cuando me abordó alguien que venía corriendo y se anunció de improviso por su resuello. Al llegar a mi altura se detuvo y ante mi sorpresa me encontré con el ejecutivo de la oficina de al lado vestido de una forma tan galáctica como seguramente innecesaria para la práctica del footing. Acostumbrado a verle asociado a su impoluta americana oscura y sus corbatas a juego con la camisa, me costó trabajo adivinarle entre tonos fosforitos, imbuído en esa ropa deportiva pegada al cuerpo como si de una segunda piel se tratase cuya utilidad principal parecía ser la de lucir el poderoso logotipo y en cuyo atuendo no faltaba detalle alguno, redículo por excesivo: las rodilleras, las coderas, la cinta que rodeaba su pelo y un extraño y sofisticado aparato que colgaba de dicha cinta y se prolongaba en un minúsculo cable que introducía un pinganillo en su oreja izquierda. Sin saber qué decir ante semejante visión grotesca, sólo se me ocurrió preguntar: ¿qué escuchas? Y con el aliento entrecortado, el gesto de quien pide unos segundos para recomponerse, el rostro sudoroso y congestionado, acertó finalmente a decir: "la Misa Solemnis de Beethoven".

La Misa Solemnis de Beethoven (!)

Aquello me dejó sin palabras; aturdido no sé si porque Beethoven me sobrara tanto de repente o si porque me pareciera que la escena estuviera tan fuera de lugar; quizá aturdido porque a mí, al músico, le acabara de parecer inconcebible la presencia molesta de la música. El caso es que, sin saber que decir, sólo me salió algo ridículo como: "Pues anda, ve, no vaya ser que pierdas el compás" Y asintiendo con la cabeza como si le hicieras un favor reinició la marcha apresurada con los Kyries, las Glorias y las Aleluyas resonando plenos y bendecidos por la gracia del mp3.

Yo me quedé parado, viéndole marchar. Y cuando cesó el ruido de sus pasos me puse a escuchar la otra música: la melodía paralela de los railes que se proyectan al infinito, el intermitente canto de los grillos, el temblor del semáforo rojo que se yergue, guardián mudo, en la distancia, una pareja de pájaros chillones que sobrevuelan raudos el puente y el olor penetrante e inconfundible a petróleo y matojo de hierbas secas de los cambios de agujas engrasados, que es un olor que tengo que aspirar con los ojos cerrados precisamente para consegir ver reverberar la mayor parte de mi infancia. Allá en lo alto el filo de vainilla de la luna y a lo lejos la cumbre nevada del Moncayo recortada sobre un fondo anaranjado de sol poniente.

Pasear es un arte. Para mí lo es en grado de dificultad no precisamente pequeño. No siempre consigo desprenderme de aquello que debería haber dejado en casa pero a veces, como hoy, lo consigo. Y la experiencia es, por inusual, doblemente maravillosa y gratificante. Prueba.


6 Comments:

Blogger Carme said...

Hola: Rosa Montero, en su libro "la loca de la casa" escribe con mucho respeto, la desdichada vida de Walser. Él dice en un párrafo: "La intranquilidad y la incertidumbre, así como la intuición de un destino singular, quizá me han impulsado a tormar la pluma para intentar reflejarme a mí mismo"

8:22 a. m.  
Blogger Rachel said...

Gran arte el de saber dejar el lastre en casa. Es como cuando yo me iba a desconectar a orillas del raga en Pamplona. Allí, en las pasarelas del río, con las granjas de ponis y me llevaba un libro...
Pero de vez en cuando me daba cuenta de mi error y solamente me sentaba a disfrutar.

9:58 a. m.  
Anonymous Iona said...

hay que dejar en casa muchas cosas, sí, pero también es verdad que hay que ir provisto de un bagaje especial para poder describir ese lugar como tú lo haces.

9:43 p. m.  
Blogger emejota said...

Hola Carme: Vila-Matas también se viene ocupando de él en sus últimos libros, a vueltas con la idea de la desaparición y la renuncia.

Si se me permite el atrevimiento, hago mía la frase de Walser. Por eso empecé. Por eso este blog todavía no ha empezado.

Un abrazo

2:09 a. m.  
Blogger emejota said...

A mi los ponis me recuerdan a tarde domingo y un tarro de miel. Y nadie habla. La palabra poni me da pereza. Creo que los ponis pesan algo en mi propio lastre.

(¿Qué libro te llevabas?)

P.D: el raga está al lado del monete, no??

:-P

Un abrazo

2:14 a. m.  
Blogger emejota said...

Hola Iona: no tengo muy claro si es una cuestión de bagaje o vagaje (en el sentido de dejarse llevar apaciblemente) en un paseo walseriano. Es como lo de los vencejos, que a veces son bencejos: de todo hay (y ay)

;)

Un abrazo

2:23 a. m.  

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