17 agosto 2006

Azar

Brooklyn FolliesLo primero que se me ocurre decir de Paul Auster es que sus novelas no se transitan: se habitan. Te instalas en ellas, te adaptas enseguida al entorno y tienes la inquietante y atractiva certeza de ser pieza fundamental en el engranaje que da sentido y pone en pie ese escenario de palabras. Lo segundo es el misterio. Adentrarse en una novela de Paul Auster siempre me produce una sensación extraña, como si ese universo suyo en el que el poder del azar y las coincidencias determinan la existencia de los seres que lo pueblan afectara igualmente al lector. No es la primera vez que me ocurre. Yo adquirí su úlima novela, "Brooklyn Follies" (Anagrama), cuando salió allá por el mes de Marzo y fue la mención fortuita del autor en un post reciente la que me recordó que su lectura me estaba esperando, todavía. Y fue ponerme a leer cuando me di cuenta de que ahora era el momento justo de hacerlo. Yo estoy ahí. En realidad, más que yo mismo, quien está es mi circunstancia actual encarnada en un personaje.

A veces me pregunto si Auster posee la enigmática capacidad de captar aquéllo que, sin saberlo, quizá nos está afectando a todos independientemente de las particularidades de la existencia de cada cual: la sensación de sentirnos solos a pesar de que estemos rodeados de mucha gente, la necesidad de detenerse a reordenar las piezas del puzzle de la vida para poder obtener una imagen clara de uno mismo, la llamada al retorno como requisito para proyectarse hacia adelante, o el luminoso y revelador descubrimiento de ese refugio interior que nos aguarda y que aquí adopta el nombre de Hotel Existencia.

Por eso, coger entre las manos una novela de Auster supone situarse ante una experiencia turbadora, seductora e irresistible. La prosa fluye con pasmosa naturalidad, río de palabras, y su superficie es el espejo en el que el lector se adivina, se reconoce y se descubre, ya sea en el pensamiento de un personaje al filo de una página, en una carrera en taxi, o apeándose en el capítulo cuatro a mirar. Los libros de Auster tienen algo de oráculo que te brinda sabiamente todas las respuestas. Y hasta las preguntas.


7 Comments:

Anonymous Eram said...

Hola Mariano,

Otra vez el primero! yuhuuuu :). yo no conozco nada de Paul Auster y lo siento en el alma por ser tan ignorante... aunque ya tendre tiempo de leer obras suyas y de otros que aun tengo 18 años. Por cierto, ¡espero aun tu llamada! que quiero ablar contigo sobre pianistas como Sqoulos. Ah si! he visto videos en Youtube de Marta Argerich... que le daban de comer???.
Bueno Mariano, a ver si dentro de poco tengo noticias tuyas.

Un abrazo.

3:27 a. m.  
Blogger Gregorio Luri said...

Auster sabe que la paradoja de nuestra vida consiste en que a pesar de ser lo más nuestro que tenemos, sin embargo no siempre somos sus protagonistas. Hay demasiados hilos tirando de nosotros y, como decía Platón, no acabamos de saber si quien los mueve lo hace con un fin serio o por puro divertimento. Comparto plenamente tu admiración por Auster.

9:42 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

en que personaje te ves encarnado? en Nathan?

1:41 p. m.  
Blogger emejota said...

en Nathan? Porque es viejo y está enfermo?? Desde luego, qué deducción tan convencional... ;)

No, yo me siento identificado con Tom. No soy taxista y no tengo 20 kilos de más pero ya he dicho que se trata de encontrar el reflejo de ciertas circunstancias más que características físicas. Pero ojo! que todavía voy por la página 225 y depende de cómo se porte Tom o de lo que le pase me cambio de personaje!

En realidad, hablando ahora completamente en serio, todos los personajes de Auster dicen algo de uno mismo: Nathan, sí, por supuesto, pero todos los demás también. Hasta los que aparecen de refilón. Hasta la niña de nueve años que no habla dice con los gestos algo de nosotros..

Y sí, yo también estoy prendado de la B.P.M (Bella y Perfecta Madre) que encontramos cobijando a sus hijos con caricias mientras espera al autobús escolar enfrente, o a la vuelta de la esquina. A ver cuándo llega Septiembre...

3:40 p. m.  
Blogger emejota said...

Hola Eram:

No lo sientas, hombre, al contrario, yo me cambiaría por tí para recuperar el placer de descubrir por primera vez tantas cosas como empecé a descubrir a tus años. Aunque cuando yo tenía 18 años, Auster aún no había escrito "El libro de las ilusiones", que es mi favorito...

Me vas a hacer parecer un "malqueda" delante de estos señores! :) Tú esperas mi llamada y yo espero llamarte, pero estos días de Agosto aparecen por aquí los amigos y amigas que viven fuera y a quienes no ves durante el año y eso lleva su tiempo. Te llaman y es un placer el reencuentro (claro que en algunos casos, llaman y súbitamente me he tenido que ir a Tombuctú ;) Pero eso es menos frecuente). No me olvido, en serio.

Oye, y qué es eso de "qué le daban de comer" a la Argerich? Un respeto chaval! ;) Además, la Argerich sigue comiendo, afortunadamente, está vivita y coleando (de piano de cola, se entiende) aunque no se prodigue mucho.

Un abrazo!

3:51 p. m.  
Blogger emejota said...

Preciosa reflexión, Gregorio (prodígate cuando y cuanto quieras). Y bienvenido a "La Idea del Norte".

Un abrazo.

3:53 p. m.  
Blogger Gotardo J. González said...

Es maravilloso, desde luego, hasta sus peores novelas. He llegado aquí buscando el "Hotel Existencia", quizás ese lugar de retiro en el que todos quisieramos perdernos.

1:37 p. m.  

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