13 septiembre 2006

Futuro

Esta noche me ha llamado por teléfono la madre de Sergio. Al parecer, ya ha comunicado a su familia la noticia de que prosigue sus estudios universitarios afrontando la superior de Telecomunicaciones. Por un instante he pensado que llamaba para reñirme porque, lo confieso, le he alentado para ello habida cuenta de sus facultades y de sus ganas por seguir estudiando pero no, para mi asombro la buena mujer ha llamado emocionada y agradecida.

La madre de Sergio sigue estando convencida de que detrás de muchos de los momentos más importantes de la vida de su hijo estoy yo, agazapado, alentándole incondicionalmente. Y si me puedo permitir reconocerlo sin rubor es porque mi labor se ha limitado a escuchar. Desde que conocí a Sergio con 9 años y me percaté de que allí había una inteligencia fuera de lo común sólo equiparable a las extraordinarias cualidades humanas que ha desarrollado con el tiempo no he hecho otra cosa que escucharle. Ese es el secreto. Él habla, yo escucho atentamente, ordeno las piezas y vuelvo a exponer lo que me acaba de decir y por alguna razón eso produce el curioso efecto de que se escuche a sí mismo. Es como si yo pusiera delante de él un espejo donde mirarse con cierta perspectiva (en todo caso, a veces, asomo la cabeza a un lado u otro del espejo para apostillar algo, para algo debe servir doblarle casi la edad a alguien, digo yo). Pero poco más. Y así hemos ido sorteando las dificultades, los problemas y los retos que han ido saliendo al paso a lo largo de los años. También hemos celebrado y saboreado los buenos momentos, los ratos felices, y entre medias hemos ido forjando una amistad inquebrantable en la que nos sentimos como hermanos el uno del otro.

Este verano hemos compartido muchas madrugadas de conversación. Empezaban con el visionado de una película de terror (por momentos me he sentido el Padre Karras, menuda selección!) y luego venía una larga charla que transitaba las horas cómplices de la madrugada y se prolongaba hasta casi el amanecer hablando de infinidad de cosas con esa intensidad, tranquilidad y confidencialidad que sólo proporciona la noche. Y allí fue donde me encontré, en el transcurso de una de esas veladas, entre comas y puntos y aparte, trocitos de piezas que, juntas, manifestaban el deseo entusiasmado de seguir estudiando. Yo sólo puse el pegamento y, como siempre, todo mi aliento y apoyo y hoy la decisión se ha materializado a los postres de la comida familiar.

Una noche, hará cosa de un mes y medio, el sonido del móvil me sobresaltó. Por la noche el móvil siempre sobresalta, porque suena más y porque suele presagiar malas noticias. Era Sergio. Como me conoce de sobra lo primero que hizo fue apresurarse a decir: "no pasa nada, tranquilo", se sonrió (por teléfono se ven las sonrisas) y dijo que estaba en la puerta. "¿Del portal?", pregunté yo. "No, de tu piso", respondió. Abrí la puerta y nos encontramos frente a frente con sendos teléfonos en la oreja. Le hice pasar, se sentó en el sofá, me senté frente a él y le pregunté el motivo de tan inesperada visita. Y ante mi asombro me dijo que venía a que le contara de una vez lo que me ocurría. Eso dijo: "quiero que me lo cuentes todo porque creo que ya es hora, no crees?". Me quedé de piedra, se supone que yo ejercía de hermano mayor y esas cosas. Vaya. Intenté escabullirme un poco al mismo tiempo que le restaba importancia diciéndole que no podía ayudarme, que era sólo una mala racha pasajera. Y entonces dijo: "¿y no es mejor saberlo aunque no pueda hacer nada a que me vaya sin hacer nada pero con la incertidumbre añadida de que algo pasa?".

Qué puñetero. Está visto que cuando uno es listo es listo para todo, leches.

Está bien, me dije, sea, no puede pasarle nada malo, ya no es un chaval. Y me puse a contarle lo que pasaba por mi cabeza y por mi corazón: que a veces pasan cosas que a uno se le apoderan o le desconciertan. Le hablé de la presencia y del peso de un dolor que no es físico, pero que duele igualmente. Y le hablé de la incertidumbre. Y del cansancio de luchar. Medí mis palabras con todo mi afecto cuidadoso de sus efectos pero ese mismo afecto y respeto hacia él me llevó a mostrarme sincero. Mentiría si dijera que me resultó difícil hablar. Nunca es difícil hablar con el corazón. Me escuchó muy atentamente y cuando terminé dejé caer una frase desenfadada para despejar un poco el ambiente. Por si acaso.

Cuando descubres que aquellas personas que siempre parecieron inmunes también se duelen y se rompen te desconciertas. Ellas fueron tu referencia en un momento determinado. Hay quien entonces se asusta, hay quien se hace el sueco y hay quien se da la vuelta porque ya no sirves para desempeñar el cometido que les llevó a tí. Nadie está obligado a nada. La noche que le conté a Sergio que a mí también me dolían las cosas se me quedó mirando un rato en silencio y entonces se puso en pie, se acercó, me izó por los hombros con su metro ochenta y cinco como si fuera de papel y me dio un abrazo muy largo. Y mientras escuchaba a su respiración mantener un pulso con la emoción me di cuenta, desconcertado y confortado, que los papeles que nos había tocado representar durante los años anteriores se habían intercambiado ese día. A la noche siguiente vimos "Saw II" con un par de coca-colas y los pelos de punta y hoy, Sergio ha dicho en casa que sigue estudiando. Me lo ha dicho su madre por teléfono. Y yo tan contento.


6 Comments:

Anonymous Marta said...

A veces los abrazos son más curativos que cualquier otra cosa en el mundo...........Un abrazo para los dos

2:06 p. m.  
Anonymous laura said...

"Medí mis palabras con todo mi afecto cuidadoso de sus efectos"

Con palabras así me desarmas emejota.
Muchos besos.

4:40 p. m.  
Blogger Miguel Cane said...

Querido Mariano:

Qué suerte de Sergio, el contar contigo.

Hoy brilla el mañana en ambos dos.

Un abrazo

M

10:18 p. m.  
Blogger emejota said...

Querido Miguel:

El mañana brilla en Sergio y con Sergio. Pensar que el mañana va a construirse con personas como él deja un margen a la esperanza.

Y encontrarse a Sergio es una suerte, desde luego. Créeme.

Un abrazo.

12:48 a. m.  
Blogger emejota said...

Pero así es, Laura.

(Desarmarte no es nada malo, no? No me asustes!)

:)

Un abrazo.

12:50 a. m.  
Blogger emejota said...

Hola Marta: esa es una gran verdad. A veces los abrazos son más curativos que cualquier otra cosa.

Otro abrazo para tí.

12:52 a. m.  

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