16 octubre 2006

Exento

Como en el colegio yo siempre estaba exento de hacer gimnasia, me quedaba en la clase contando películas a los que lograban escabullirse del gimnasio. Al principio la cosa tenía cierta emoción: sonaba el timbre y todos salían de mala gana a sudar durante una hora y yo me quedaba dueño y señor de la clase entera, tan ancho, cómodamente sentado (y soberanamente aburrido).

Pero un día va y resulta que aparece la Cristina (en octavo de básica la gente era la Cristina, el Juan, el Gonzalo y la Sofía. Antes de octavo de básica también. Después lo mismo) Pues aparece la Cristina por la puerta con el aliento entrecortado y directamente se dirige al pupitre del Miguel, coge una bolsa de deporte del suelo (que no era la misma que la de gimnasia, sino la del entrenamiento de después de clase) y la pone encima de la mesa, la abre y se pone a buscar frenética. Y yo mirando atónito le pregunto intrigado: -¿qué buscas? Y me contesta: -su camiseta. Y yo: -¿para qué?. Y ella: -para olerla.

En octavo de básica las hormonas andan un poco alteradas.

Aquel día descubrí yo, inocente de mí, la existencia del fetichismo y viendo a la Cristina oler la camiseta del Miguel como si respirara el aire puro de las montañas me puse un poco nervioso y me sentí un poco incómodo y como a mí me pasa como a Woody Allen, que cuando se pone nervioso o se siente incómodo se pone a hablar sin parar mientras mueve mucho las manos pues no se me ocurrió otra cosa que ponerme a contar una escena de "Marnie la ladrona", de Hitchcock. Sí, hombre, la escena de la mujer de la limpieza que resulta ser sorda, cuál si no. Y lo hice porque la Cristina, no contenta con oler la camiseta del Miguel o, mejor dicho, muy contenta por eso, decidió quedársela. Y tan ancha la tía.

En octavo de básica la Cristina era un poco burra y yo ya había visto muchas películas.

El caso es que conté lo de la mujer de la limpieza y debí poner tanta pasión en la narración que la siguiente clase de gimnasia apareció la Cristina con la Sara para que le contara a la Sara lo de la mujer de la limpieza. A los pocos días tenía un público de unas seis personas que se apretujaban en torno a mi mesa con bolsas de pipas o maíz y yo me ponía a contarles películas. Otras películas, porque para entonces estaba yo de Marnie hasta el gorro. Era un público de lo más agradecido y lo pasábamos en grande: ellos por lo que oían y yo porque aprendí a jugar con los tiempos, los ritmos, las demoras en el desenlace, esas cosas.

La tarde que les conté "Casablanca" fue un éxito, permítaseme decirlo, pero es que se oyeron hasta suspiros. En serio. Me acuerdo muy bien porque un día me vino en el recreo la Sara y me dijo que había visto la peli en la tele pero que le gustaba más contada. A la Sara le gustaba más "Casablanca" contada que en película. Tiene su explicación: quizá es porque la mitad me la inventé. Es que al principio les contaba las películas tal cual pero luego me dio por inventarme trozos, al principio para llenar olvidos y pronto por puro placer. Descubrí que me gustaba eso de fabular, contar películas inexistentes, y sentía un cosquilleo especial al hacerlas pasar por verídicas ficciones.

Alguna vez la narración se vio interrumpida por la súbita aparición de una monja que debía pensar que estábamos haciendo la ouija o algo y entraba dando palmas con ese paso de generala que sólo ellas saben hacer tan bien. Y los despachaba a todos a sudar al gimnasio sin contemplaciones y yo me quedaba haciendo como que estudiaba porque era un chico muy formal y estaba exento. Siempre exento de gimnasia (qué bien). A la clase siguiente retomábamos la historia y ya estaba.

Un día conté con pelos y señales "Verano del 42", que la había visto hace poco. Me acuerdo perfectamente porque pasaron dos cosas: una, que asomaron algunas lagrimillas entre mi público (y eso excitó muchísimo mi vena de narrador en ciernes) y dos porque la Cristina me dijo al final que a ver si podía conseguir que el César (no el de Roma, sino el de Octavo B) se sentara en el mismo sitio el próximo día. Yo le pregunté por qué mientras pensaba para mis adentros qué habría sido de la camiseta del Miguel y ella respondió que porque sentado así, encima de la mesa del de delante, con las piernas abiertas y los pies apoyados en el asiento, al César se le veía "mucho bulto", palabras textuales. Yo le dije que podía animarse un día a coger los gayumbos de la bolsa del César y entonces la Cristina salió corriendo.

En octavo de básica ya gastaba yo cierta ironía pero la Cristina salió corriendo. La tía.


3 Comments:

Anonymous Miguel Cane said...

Ah, recuerdos.

Mis años en el Octavo (Segundo de secundaria para nosotros) son muy distintos. Incluyen un tacho de basura y persecusión constante.

Pero a ellos debo también la presencia de un amigo. El más antiguo que conservo.

¡Y vaya narrador que eres!

Ya te respondo pronto

Muchos abrazos

M

6:03 a. m.  
Blogger Diana Carolina said...

Pero si ya es una delicia leer tus relatos, imagino que todo es mucho mejor en persona!

Entre letras se te adivinan algunos gestos, pero creo que aun entre ellos hay evidentes miradas que escarban entre la imaginación y el recuerdo.

Un abrazo!

=)
D.C.

5:35 p. m.  
Anonymous jp said...

MJ guarda a buen recaudo tu teclado de ordenador o el piano, no vaya a ser que Algún fan de tu blog se te lo lleve para "olerlo".
-un abrazo_

7:02 p. m.  

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