
Cuando leí que había muerto
Ingmar Bergman me vino a la cabeza la secuencia inicial de
"Fanny y Alexander", cuando Alexander y el aburrimiento están escondidos debajo de la mesa. Desde ese mirador privilegiado, Alexander contempla la estancia vacía en la tranquilidad silenciosa del atardecer y en la duermevela tiene una ensoñación en la que la habitación cobra vida y las cajas de música hacen sonar sus notas de metal y los cristales de las lámparas se estremecen y una estatua se despereza moviendo lentamente los brazos. Ese instante temprano de la película me gusta mucho porque a mí de pequeño me pasaban cosas así y luego ya no y es algo que echo de menos. En realidad creo que últimamente echo de menos mi infancia de una manera abrumadora. Cuando estoy con mi sobrina me gusta conversar y preguntarle cosas porque de esa manera tengo una visión de las cosas desde otra infancia que todavía no se echa de menos y eso es muy interesante. Por eso tengo muy en cuenta sus opiniones. Sentados en el sofá mirando la televisión, le pregunté ayer cuántos años tengo y ella se quitó el pulgar de la boca y respondió que ochenta. Ochenta, me repetí a mi mismo, pensativo. Sí, ochenta, volvió a decir ella, y se metió en la boca el pulgar otra vez. Ninguno de los dos quitó la vista de la pantalla, como si la conversación discurriera por verdades incómodas. A continuación le pregunté cómo era posible que en la película de
Tigger cayera semejante nevada haciendo tanto calor hoy en la calle, si hasta llevamos manga corta y todo, mira, cómo es posible eso. Y ella se volvió a quitar el pulgar de la boca y fue a decir algo pero de pronto pareció pensárselo mejor y se quedó callada llenando el cuarto de estar de un interrogante en mayúsculas. Hay silencios en los que no puedes entrar cuando te haces mayor. Como consuelo, por la noche volví a poner el principio de "Fanny y Alexander", cuando la estatua se mueve y se escucha un cosquilleo de música muy suave. Una vez vi en un cristal el reflejo de una cara que me miraba.
3 Comments:
La inocencia nos abruma cuando nos convertimos en adultos...como extraño sorprenderme por los trucos de magia y por tantas cosas de las que solo atisbo a recordar el principio.
Abrazos, querido Mariano.
(suspiro)
Lo primero que pensé, fue en Liv.
Y después, no sé por qué, en ti.
Norte soleado.
Abrazos de nuevo.
Hola Miguel!
Igual pensaste en mí por lo de los 80 años. Va a ser eso ;)
Hay una capacidad de mirar y percibir en la infancia que se pierde enseguida, Erendira. Lo terrible es que se pierde para siempre y aunque uno se empeñe en recrearla no consigue nada...
Abrazos a los dos.
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