Vidas
Teresa (II)8 de Junio, 17:32 h.Sí, yo soy Anónima Mente, la enigmática escritora cuyo nombre está en boca de todos y cuya verdadera identidad es cotizadísimo y principal objetivo mediático desde hace meses. Los programas de la tele emplean horas de tertulia haciendo mil conjeturas sobre la identidad pero no hay manera y al final tienen que dar paso a los anuncios y rendirse al Mister Limpio. A veces me entran ganas de llamar al teléfono de aludidos y confesar, sí, confesar como hacíamos con el padre Guzmán en el colegio, aquel santo varón que, según se decía, entraba en éxtasis en la sacristía con los monaguillos delante. Más de una vez descolgué el auricular decidida a confesar, suplicar, lo que sea para que a esa periodista no se le hinchara tanto la vena del cuello, que me da un repelús tal que me tengo que tapar la cara con uno de los cojines que nos bordó mamá como regalo de Reyes junto con el cervatillo de Lladró.
Pero las cosas no son tan sencillas como para quitarme la careta y mostrarles a todos que Anónima Mente es Teresa, Teresa de Burgos y burguesa a mucha honra. Revelar que yo soy la autora de esas fantasías calenturientas tendría unas consecuencias devastadoras para mi estatus y hasta para mi familia. Sí, yo sé cómo se siente Sandra De La Vega haciéndose pasar por mujer de la limpieza todas las tardes a las 5 en la novela de la Fea. La miro manejar el mocho en la tele mientras yo coso en mi máquina Singer a pedales, reminiscencia de mis clases de costura en las Ursulinas, y es todo un ejemplo de entereza a seguir. Dame fuerzas, Sandra De La Vega, necesito de tu coraje!
Cuando gané el concurso de narrativa erótica convocado por "La Cornisa Vertical" me pareció hasta divertido: el premio consistía en 6.000 eurillos y la publicación de la obra, nada por lo que preocuparse. Los eurillos no levantarían sospecha en casa, podían pasar perfectamente por una de esas atenciones de papá hacia algún capricho mío; en cuanto a la publicación, llevaba nombre falso, Anónima Mente y, según me dijeron desde la editorial durante la conversación telefónica en la que se me comunicó el fallo del jurado, mi novela lamentablemente no haría mucho ruído porque el mercado literario estaba fatal. Yo mentí como una bellaca al lamentarlo también pero por dentro me sentí libre, cómoda y segura y colgué el teléfono porque tenía vez en la peluquería.
A los dos meses se habían vendido 55.000 ejemplares.
Nadie se lo explicaba; yo mucho menos, claro. Mi libro era una cosa tonta que había surgido en las solitarias noches de los viernes cuando me picaba el gusanillo y me ponía a ver las películas codificadas del Canal Pus. No es que las viera con rayas, que somos de posibles y aquí se ve hasta el canal de las óperas, un canal estupendo para conseguir conciliar el sueño las noches de insomnio. No, aquí el codificado era mi mano, que me la ponía delante de los ojos y de vez en cuando abría un agujerito entre los dedos para mirar y me entraba el sofoco. Bueno eso al principio. Porque una noche me quité la mano entera al caer en la cuenta de que en esas películas tan vulgares, las mujeres éramos meros juguetes para la satisfacción animaloide del macho (y qué machos, si los viera el padre Guzman seguro que se rasga la sotana!) Y me indigné mucho y pensé en la posibilidad de que los papeles se cambiaran y apareciera una mujer-mujer que fuera el azote de tanta testosterona musculada. Y así surgió una heroína, mi heroína, "Domina Men", que para quienes no estudiaron inglés en el colegio como yo y además perdieron su dinero en Opening y se quedaron sin cash y sin clases, significa "Domina Hombres". Y ella protagonizó mi novela.
55.000 ejemplares.
Y todo un escándalo. Ni esa otra mujer, Sara, Sara Mago, vendía tanto. "Domina Men" pasó a ser, de la noche a la mañana, tema de conversación en todos los lugares. Monseñor Plástez dijo que era una indecencia, sobre todo lo de la página 165, y que él desde luego no pensaba leer ni la primera línea. Ukelele Tronchante salió en la tele diciendo que ya era hora de que la mujer tomara el nabo por las hojas. Yo escuchaba todo eso en silencio sin tiempo para asimilar las cosas, un poco aturdida, pero desperté a la cruda realidad de golpe y porrazo la mañana que el mismísimo Federico se dirigió a mí por la radio llamándome "sociata".
Sociata! Yo!
Recuerdo perfectamente que aquella mañana terrible estaba en la cocina batiendo la masa para un bizcocho, porque una vez vi en un telefilme una cocina monísima, parecida a la mía, y la señora de la casa salía haciendo un bizcocho y el conjunto pegaba con la encimera que no veas así que decidí hacer bizcochos por las mañanas. Pero ese día estaba en casa mi asistenta filipina, que viene una vez por semana a planchar, y para disimular mi profunda turbación batí la masa más fuerte e hice un esfuerzo para confraternizar con los subordinados.
-Oye, Fermina.
-Diga, mi ama.
-¿Por qué te llamas Fermina si eres filipina?
-Ay, mi ama, es que mi mamá tuvo un romance con uno de Huesca.
-¿Y se llamaba Fermina??
-No, mi ama, se llamaba Evelio pero si me llamo Fermina pues mi papá no sospecha de ná.
De pronto sonó el teléfono y llegó lo inevitable: la presión mediática sobre la editorial era gordísima y los editores no estaban dispuestos a dejar de explotar el filón que tenían entre las manos así que tuve que escuchar algo que haría tambalear a la mismísima Sandra De La Vega, algo que retumbó en mis oídos como un ultimatum fatal y que retumbó así:
-Vamos a sacar del armario a Anónima Mente.
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Teresa 5 de Junio, 10:28 de la mañana.Acaba de telefonear Ana para recordarme que tenemos que ir a visitar a Lourdes que por fin se ha hecho la estética. No sé cómo se las arregla Ana pero siempre llama en el único momento del día en el que puedo desahogarme de toda esta pesadilla. Me desahogo escribiendo porque ni siquiera Ana sabe lo que sucede. Nadie lo sabe, nadie lo puede saber y eso lo hace todo aún más angustioso. Desde hace unos meses llevo una vida paralela. No puedo decir que al principio fuera divertido porque aquéllo fue tan inesperado que apenas me dio tiempo a reaccionar; lo que sé es que luego ha ido pesando cada vez más. Lo más curioso de todo es que otra persona, en mis mismas circunstancias, estaría feliz en estos momentos, de eso estoy segura. Pero yo no. Los días se hacen largos en esta urbanización privada de las afueras aunque procuro acudir con Ana a todas las actividades que se organizan. Pronto empezarán los cursos de natación en el club y volveremos a apuntarnos. La natación ayuda a relajar mis tensiones. Dentro de casa parece como si los minutos del reloj transcurrieran más despacio y no es que esté sola, no, pero vivir con un hijo adolescente no proporciona demasiados momentos de diálogo precisamente. En cuanto llega del instituto, Oscar se encierra en su cuarto con la música a todo volumen, la consola, el mess... Pero Oscar es un chico sano, deportista, sale con amigos y la palabra "chicas" está continuamente en su boca, como es normal en alguien de su edad, pero estoy segura de que no ha habido más, es demasiado temprano y mi hijo es un chico sensato aunque a veces la tele me hace dudar de estas cosas. Tampoco tengo queja de su rendimiento escolar: siempre ha sido un chico inteligente aunque no emplea muchas horas de estudio y es consciente de que tiene que sacar una buena nota media en el bachillerato si quiere hacer la carrera en la Universidad.Por lo demás, mi hijo sabe que en esta casa hay 3 normas de obligado cumplimiento: nada de piercings, llegar a casa antes de las 2 los fines de semana y, de lunes a viernes, estar siempre a las 9 en la mesa para cenar con su padre, dado que es la única vez a lo largo del día que podemos coincidir los tres. Manuel es corresponsal de la tele en Oriente Próximo y siempre sale en las Noticias de las 9 por lo que tengo puesto un televisor junto a la mesa donde Oscar y yo cenamos, como si fuera un comensal más, y así le vemos. Menos es nada. Hablar por teléfono hablamos, claro, pero sólo cuando mira a la cámara y puedo mirarle a los ojos sé con certeza que está bien, porque esa zona es un polvorín y vivo con el alma en un puño sobre todo porque no entiendo quién es el bueno o el malo, la verdad, y mira que me lo ha explicado veces.Lo de Manuel es pura vocación de reportero porque, en realidad, podríamos vivir holgadamente sin ese dinero. Mi padre nos regaló al casarnos esta casa de dos pisos y jardín en una urbanización exclusiva y desde entonces es generoso mensualmente. Pero entiendo a Manuel y respeto su decisión, nuestras discusiones nos costó, no quería ser un mantenido de nadie. Es mi padre quien no entiende que tenga que jugarse la vida todos los días y encima para una cadena progre. Mis padres es que son muy conservadores y nos dieron una educación muy estricta a mis hermanas y a mí en un colegio de monjas de Burgos. No pude ir a la Universidad porque se nos inculcó que nos debíamos a nuestros maridos y a la casa. Mi hermana Virginia se fue de casa porque siempre fue muy echada para adelante y muy moderna y les recordaba a mis padres que Franco había muerto hacía tiempo pero confieso que yo no hice nada por rebelarme. No tuve una adolescencia rebelde, más bien creo que fui una chica sosa de puertas afuera: mi adolescencia son tardes de domingo en una confitería de Burgos con Amalia y Esther hablando de Los Pecos y cosas así y aunque nunca me atreví a comprar el SuperPop, por dentro yo vivía todo de manera muy distinta a como después lo exteriorizaba.No sé por qué estoy escribiendo otra vez sobre ésto si ya lo he contado en otros posts, supongo que es el aburrimiento y el silencio de esta casa. Y la necesidad de evadirme de esta tensión que a veces me asfixia. Porque fue precisamente el aburrimiento y las horas lentas del reloj los que me llevaron una tarde a subirme a esta buhardilla que acondicioné para que fuera a la vez un pequeño despacho y refugio, y después de ojear la revista de Ana Rosa (a la que estoy suscrita) ví en el periódico el anuncio de un concurso de narrativa erótica y sentí una punzada en el estómago que me decía que podía ser divertido intentar garabatear alguna cosa. Yo creo que fue más decisivo el carácter clandestino y secreto del acto de escribir más que la escritura en sí, porque yo nunca había escrito nada antes aparte de algunas cartas a Amalia, que ahora vive en Francia. Dejé volar la imaginación (tenía todas las horas del mundo para mí y todo el silencio) y enseguida empezaron a salir páginas y páginas de cosas que me ruborizaban cuando luego las leía por la noche con un poleo menta en las manos pero también me divertían. Creo que fue algo liberador de una manera superlativa aunque, a veces, estando escribiendo sola en la buhardilla, no podía evitar tener la sensación de que en cualquier momento alguien se asomaría por encima de mis hombros a leer y me reprocharía mi desvergüenza y por eso me detenía unos instantes temerosa. Quizá todavía pese en mí la influencia de Sor Venancia y sus enseñanzas de la EGB porque en algunos párrafos me preguntaba a mí misma si lo que había escrito no sería un poco pecado mortal.Cuando terminé mi obra miré las bases del concurso. Era un concurso de ámbito nacional. Me mordí los labios mientras me decidía qué hacer, si enviarlo o no. Pero lo hice. Y gané.Jamás imagine lo que se me venía encima a partir de entonces.
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