Making of
Lo que no se pudo ver... y algo más.
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... "La Idea del Norte" es en sí misma una excusa, una oportunidad para examinar esa condición de soledad que ni es exclusiva del Norte ni de los que van hacia allí, pero que quizá sí aparezca con un poco más de claridad en quienes hayan hecho, aunque sólo sea en su imaginación, el viaje hacia el Norte.
(Glenn Gould, "La Idea del Norte", 1967)
Lo que no se pudo ver... y algo más.
Hoy, a las 3, los relojes volverán a marcar las 2 y todo lo que hayas vivido en esos 60 minutos desaparecerá sin dejar rastro. No hay que dejar pasar un momento tan especial, el único instante en el que el tiempo te da una segunda oportunidad. Si a las dos y veinte metes la pata aún te quedará una hora para arreglar el embrollo de manera que cuando vuelvan a ser las dos y veinte no habrá pasado nada y podremos respirar tranquilos.
Sergio debía tener 10 años cuando le conocí. Yo estaba haciendo pasillos, como corresponde a alguien que está empezando en el campo de la docencia y me había tocado sustituir durante 23 días a una profesora de solfeo enferma. Me advirtieron que no lo iba a tener fácil: una treintena de monstruítos de 9 y 10 años. El primer día entré en clase temblando de pies a cabeza y en medio de un algarabía ensordecedora. Lo que ví cuando llegué a la mesa y giré la cabeza es una estampa que ahora, después de tantos años, está algo borrosa: veo un montón de caras sin facciones definidas, pero todavía veo nítidamente, allá en la última fila, en el penúltimo asiento junto a la ventana, dos ojos vivarachos que me miran desafiantes diciéndome muy claramente: "lo que te espera, chaval". No es eso lo único que ví: también ví luz. A veces te encuentras con personas y al primer golpe de vista hay algo por dentro que te hace ver en ellas luz, sin que sepas exactamente qué tipo de luz es y para qué sirve.
Este es el post número 100 de "La Idea del Norte". Me lo acaba de advertir el contador al entrar así que me pilla desprevenido. A ver, improvisa, algo se te ocurrirá. Bueno (siempre se empieza diciendo "bueno", aunque a veces se diga algo malo, que no es el caso ahora), pues eso, que bueno, que para ser sinceros yo no me esperaba llegar a 100 textos cuando un sábado por la noche de insomnio se me ocurrió ocupar este trocito del ciberespacio y encender una luz en el porche.
Mira qué hora es y todavía rondando por aquí. Mañana empieza el Ciclo de Cámara y estoy que me sale humo por las orejas. Montar dos conciertos didácticos distintos y seguidos (martes y miércoles) me lo he buscado yo, así que no me voy a quejar; pero trabajar a la vez con dos equipos diferentes es un poco esquizoide, sobre todo habida cuenta de que la idea que busca el ciclo es la del "contraste": asistir a ensayos y preparar diálogos y guiones de programas tan distintos como son la música italiana del XVII y Stravinsky es como para volverse tarumba, sobre todo si, además, tienes que hacer de actor en éste último. Y luego la recepción a los músicos, atenderles, resolver los asuntos técnicos (sonorizaciones, etc). Un lío. Pero yo tan contento, que estas descargas de adrenalina en el fondo me gustan aunque luego, cuando acabe todo, me dará el bajón de agotamiento, ya lo verás.
El mayor daño que se ha hecho en muchos años en el ámbito de la divulgación de la música clásica se llama Máximo Pradera. No lo pongo en negrita aunque su nombre me pone negro. Ayer hice un alto en el trabajo frente al ordenador, salí a la cocina a merendar y puse la radio. Craso error. Lo peor de este tipo no es que diga inexactitudes, que nadie es perfecto, sino que miente descaradamente y creo que hasta se lo cree. Y todavía peor: pontifica sobre cosas que desconoce absolutamente. Hay una acepción muy curiosa en el diccionario sobre la palabra "pedante": "aquél que alardea de algo que desconoce". Pues el tipo es un pedante.
Hoy me ha tocado ir a ver a un hombre de negocios, como al Principito. Su planeta era una mole de cemento y metal y cuando he abierto la puerta el olor húmedo del otoño ha dado lugar a un olor a ambientador que se esforzaba por tapar el olor de la nada. Una señorita muy amable me ha pedido que esperara en una salita donde sonaba una música tenue de sala de espera, con la tristeza que me da esa música a mí, que ha nacido condenada a no ser escuchada, y por la puerta entreabierta he empezado a ver cosas inquietantes: un señor se paseaba arriba y abajo gesticulando con sendos teléfonos en los dos oídos y otro señor tenía la cara congestionada por el nudo de una corbata carísima. La fauna de ese planeta era muy extraña.
Hoy hace 24 años que murió mi padre. Tenía yo 11 años. Comenzó a sentirse mal a primera hora de la tarde y el médico avistó la llegada del infarto por lo que ordenó su traslado inmediato al hospital. Mi padre se negó a los requerimientos insistentes del médico y de mi madre. Durante muchos años quedó flotando en la incertidumbre familiar la razón de esa terquedad, de esa obstinación.
Últimamente, el cartero no para de darme alegrías con esos sobrecitos que me trae conteniendo los dvds que pido por Internet a los USA (mi vicio secreto). Yo los recojo como quien recibe una documentación secreta, mirando de reojo hacia la puerta del vecino. Me acaba de entregar en mano el pack "The Hammer Horror Series", que recoge algunas de las joyas de la etapa dorada de la mítica productora inglesa.
Desayuno de trabajo con Eva y Cola-Cao para empezar la semana.
Una vez me hicieron una encuesta telefónica que trataba sobre hábitos de lectura de prensa y me preguntaron qué es lo primero que buscaba en el periódico del día. Yo dije que el olor. La encuestadora me dijo si le podía repetir la respuesta y le dije que sí, claro, cómo no, que el olor. El olor del papel y la tinta del periódico es un placer exquisito y es lo primero que hago cuando tengo el ejemplar en las manos. La encuestadora dijo que había un pequeño problema. ¿Con el olor? le pregunté sorprendido. No, no, dijo ella, es que eso no viene en el ordenador y no lo puedo computar. Digo yo que lo lógico hubiera sido dejar en blanco la casilla correspondiente y pasar a las siguientes preguntas pero ella se deshizo de mí en cuestión de segundos con una cordialidad ejemplar. Por lo visto, si no hay casilla para lo tuyo no vales. Qué se le va a hacer.
Ya he vuelto a la radio. Aunque es la tercera temporada y uno ya entra por las casas de los oyentes con cierta confianza, tenía cierto temor porque me he acostumbrado durante estos meses de blog a hablar con las teclas y no estaba seguro si lo que me iba a salir en antena era un post. Pero todo ha ido muy bien. Me han recibido de manera muy cariñosa y eso siempre se agradece, que unos mimos de vez en cuando no vienen mal.
Cuando miro los 27 compases de este preludio de Ravel, sólo alcanzo a tocar 9 y el resto queda oculto. El fenómeno se repite continuamente y ya he terminado por acostumbrarme.